28.08.2021 Cala Morell- Fornells

06 Jul 2026

«No llores por el sol que no puedes ver, ya que las lágrimas no te dejarán ver las estrellas»

Comenzábamos la etapa más dura: 21 km sin un solo supermercado en los próximos kilómetros, ni bares, ni sombra, solo sol, acantilados y muchas cuestas. Empecé el día con buena actitud, dándole vueltas a una idea que llevaba tiempo rondándome: abrir una cuenta para mis fotografías analógicas. Tras barajar varios nombres, ganó @unadoosyy. Aunque revelar carretes es caro para una estudiante que está aprendiendo a ahorrar, nada se compara al cosquilleo de abrir un sobre de fotos reveladas y recordar exactamente ese momento, esa comida o incluso esa risa que meses después ya habías olvidado que seguía esperando dentro del carrete. Poder escribir detrás la fecha y los nombres es algo que nunca voy a dejar de hacer.

Pero entonces llegaron las cuestas, el calor, y la certeza de que no íbamos a encontrar nada en kilómetros (solo un bar que cerraba a las 16:00) con el agua cada vez más escasa. Empecé a venirme abajo. Ya no era solo el calor. Dudaba del viaje, de si llegaríamos a tiempo y hasta de decisiones que había tomado semanas atrás. Necesitaba llorar, aunque no supiera muy bien por qué.

Pablo, intentando animarme, me dijo esa frase con la que abro este día. «No llores por el sol que no puedes ver, ya que las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Estaba agobiada por algo que ni siquiera había pasado, sin ser consciente de lo afortunada que estaba siendo en medio de unos acantilados increíbles. Aprendí que preocuparse por cosas que aún no han pasado no evita los problemas de mañana; solo te roba la tranquilidad de hoy.

Con esto entendí que, por muy cuesta arriba que sea el camino, lo más importante es el poder de la mente. No me arrepiento de haber sufrido en ese tramo; lo agradezco, porque desde entonces encaro las rutas con mejor actitud. Pablo me dejó un rato a solas con mis pensamientos, y llorar un poco resultó no ser tan malo. Contra todo pronóstico llegamos al bar y nos bebimos media carta de bebidas frías. Nunca un Aquarius, dos horchatas y tres botellas de agua supieron tan bien. Allí conocimos a dos profesoras catalanas encantadoras. Les preguntamos dónde podíamos coger un taxi, pero, una vez más, la generosidad de la gente de la isla nos sorprendió: se ofrecieron a acercarnos hasta el siguiente pueblo.

Día 8 de 11 recorriendo la isla de Menorca y sus 215 km por el Camí de Cavalls. Dos primos, dos mochilas, una cámara analógica y un cuaderno en el que fueron escribiendo todo lo que descubrieron de una isla que les ha dejado un poco marcados.

Sin darse cuenta, esos primos no se encontraron con esa Menorca de revista, de alpargatas y villas blancas. Se adentraron en otra distinta: una salvaje, la que no sale en las fotos de las agencias de viajes, una que solo se conoce a base de ampollas, sed, y esa gente que conocieron por el camí.

Empezaba la parte del camino en la que ya no había nadie a quien impresionar; solo estaban ellos dos y el viento.

Escrito por:

elna

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