El día en el que mi abuela me puso el mundo en la palma de la mano y todo lo que vino después
01 Jul 2026El día de mi octavo cumpleaños me hicieron firmar un contrato obligándome a no estudiar ninguna carrera relacionada con las letras o las bellas artes. “El futuro está en las ciencias, si estudias letras, vivirás debajo de un puente”, decían.
Mala suerte la mía, que firmé sin saber nada de mí; peor suerte la suya, que salí poeta.
Ese papel tenía un mensaje muy claro: sé y haz lo que se te diga que tienes que ser y hacer.
El punto de inflexión llegó cuando, merendando en casa de mis abuelos, mi abuela me preguntó qué estaba escribiendo. Recuerdo que era una historia sobre tres princesas hadas desterradas al mundo humano por una guerra entre sus reinos.
Al día siguiente me pidió que cerrase los ojos y extendiese las manos. Encima de ellas me dejó un cuaderno amarillo y un boli- pompero que tenía un sello en la parte de arriba.
El segundo gran cambio sucedió cuando aprendí el poder de dos grandes letras y la magia que sucedía cuando las juntaba: la N y la O. No quiero ponerme esa ropa, no quiero ir a ese sitio, no quiero dar un beso a esa persona, no quiero hacer lo que me dices que haga. Me dijeron que era una desobediente, aunque tiempo después supe que era la primera grieta de la ruptura de la presa que causó una gran inundación, la más grande que se recuerda, de la toma de mis propias decisiones.
Todo lo que pasó después es exactamente proporcional a lo sucedido anteriormente: no quise estudiar ciencias, sé latín y algo de griego, seguí escribiendo y me publicaron un libro, estudié para contar cosas y ahora cuento cosas para vivir. La creatividad es el eje vital sobre el que llevo girando desde que tengo uso de razón.
Y, quizá, lo más importante de todo: todavía no quiero saber quién voy a ser el resto de mi vida, pero espero poder descubrir allá donde vaya quién quiero ser todos y cada uno de mis días.
