La emocionante realidad de los recuerdos

03 Jun 2026

Yo me considero una persona nostálgica. Siempre me he identificado con el recuerdo del pasado porque hay algo intrigante en la capacidad del ser humano para coleccionar fragmentos concretos de su vida, guardarlos y, a veces, revivirlos una y otra vez sin moverse del sitio.

Quizás como resultado de una infancia compartida entre México y Portugal. O quizás porque crecer es así mismo, siempre he asociado los recuerdos más lejanos, en el tiempo y en el espacio, a las fotografías, ya que el único vínculo que me quedaba con aquel país justo al otro lado del océano era el conjunto de álbumes guardados en una estantería y que, año tras año, después de limpiar el polvo de la cubierta, solía volver a hojear.

Los álbumes estaban llenos de instantes de vida capturados en el tiempo infinito de la infancia, y solo se podían revivir a través del ejercicio mental de la nostalgia. Sin embargo, esos recuerdos siempre me parecieron algo incompletos. En los retratos de amigos, fiestas y lugares apenas lograba situarles un comienzo en el tiempo, como en los sueños, y siempre tenían un final en el instante en que se capturaba la foto. Los recuerdos lejanos, sin recurso a fotografías, funcionan de la misma manera. Esos instantes suelen terminar en el momento en que quedaron grabados en la mente.

Porque el problema de los recuerdos lejanos es que, al estilo de Peter Pan, sus personajes no suelen crecer más allá de ese recuerdo. Están atrapados en aquel País de Nunca Jamás que nada más es que los pocos segundos que se tarda en recordar algo.

Hace unos años, cuando tuve la oportunidad de volver a México, pude comprobar la ingenuidad y fantasía de este razonamiento. Para ello solo tuve que cambiar el álbum de fotos por un Airbus A350-900 y, tras recorrer 9066 km sobre el océano Atlántico durante 10 horas y 8 minutos, descubrir la emocionante realidad de los recuerdos que no se quedan atrapados en el tiempo.

Al contrario de lo que estaba acostumbrado pensar, los personajes de mis recuerdos también habían crecido como yo. Los años de separación no han impedido que la vida también se les haya dado a conocer. Es curioso cómo se paraliza la evolución del mundo en nuestros recuerdos. En ese viaje a México me di cuenta de que no solo compartía la infancia con esos amigos que veía en las fotografías, sino que también compartía las diversas experiencias, inseguridades y deseos que uno tiene cuando crece y abandona el país de Nunca Jamás.

Porque al fin y al cabo, al igual que la gente se ríe y sigue con su vida después de que les hayan hecho una foto, los recuerdos siguen vivos incluso después de haber sido capturados. Y quién los recuerda también se ríe mientras sigue con su vida.

 

Escrito por:

Miguel

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