Que nadie dude del poder de una palabra bien dibujada

_mg_0039

Cuando era pequeña escribía cuentos. A ver, supongo que serían cuentos muy básicos, muy cutres, pero yo los escribía, los pintaba, los pegaba con celo y se los regalaba a mis padres. Entiendo que ellos los recibían como el resto de cosas que traía del cole y los metían en esa misma caja sin fondo a la que iban a parar el cenicero con churros de barro, el collar de macarrones, el recipiente de sal pintada con tiza. Al cabo de un tiempo -no demasiado tiempo- mi madre lo tiró todo en una de esas limpiezas de exterminio y no quedó rastro de ninguna de aquellas historias.

Ni si quiera recuerdo sobre qué escribía.

Mis padres metían todo en la misma caja pero había algo muy importante que diferenciaba el cuento del cenicero de barro: los cuentos los escribía en casa, sola, sin nadie que me mandase escribirlos.

Me gustaba escribirlos porque me ayudaba escribirlos. Y así sigo. Estudié periodismo pero en realidad quería ser terapeuta o psicóloga o arregladora; no me interesaba la actualidad, a mi lo que me gustaba era intentar arreglar las historias de la gente. Como si colocando un adjetivo aquí y una exclamación allá, pudiese hacer desaparecer sus problemas (y ya de paso, también los míos). Las historias me interesaban en realidad porque me ayudaban a entenderlo todo. Como la científica que mira a través del microscopio, a mi las palabras me acercaban al ADN esencial de la experiencia propia y ajena. Imaginaos, vivir para contarlo.

Después de idas y venidas en un periódico local entendí que me apetecía hacer algo con aquellas historias. Si a mi me ayudaban a entenderlo todo y conectarme con el mundo, podía tratar de hacer lo mismo para que otros se conectasen también. En fin, yo también quise enfundarme una capa y lanzarme a salvar el mundo de las tinieblas. No creáis, sigo soñando.

Hace casi 10 años desde que empecé a trabajar haciendo comunicación en organizaciones sociales. Durante mucho tiempo, estuve al frente de los contenidos digitales de Save the Children España, inauguramos todos los perfiles sociales con los que cuenta la organización y empezamos a comunicar online el trabajo que Save the Children llevaba casi un siglo haciendo en terreno. Increíble experiencia aquella, crear desde cero el tono y la personalidad digital de una organización.

Sigo pensando que no se puede escribir sin escuchar y viajo a menudo recogiendo historias -viajo por mi barrio como viajo por el mundo- para seguir conectada a eso poco definible que nos hace ser humanos y que muchas veces, aunque no siempre, se puede transmitir con las palabras.

Que nadie dude del poder de una palabra bien dibujada.

Llego a dgtl como quien vuelve a casa, con las caras de los mismos compañeros que me ayudaron a crecer. Vuelvo, de nuevo, para participar en un proyecto que arranca de cero y con el que aspiro a encontrar nuevas formas de contar y apoyar el trabajo de organizaciones, iniciativas y proyectos que buscan hacer del mundo un lugar más transitable.

Yo aquí solo aspiro a intentar dibujar palabras que ayuden a ayudar.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *